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jueves

La Visita - Parte segunda


Inició el camino hacia la calle no sin antes despedirse de sus amigas de las alturas. Giró sobre sí mismo tratando de mantener el equilibrio y frunció el ceño cuando miró hacia abajo y pudo observar la oscuridad que le esperaba. Echó un último vistazo al techo cuando escuchó a las palomas que aleteaban de un lado a otro, intercambiando compañero de conversación constantemente. Tal ajetreo le provocó una risa estúpida que se escurrió siseante entre sus agrietados labios. Puso un pie sobre lo que parecía una escalera y tanteando la pared con las manos pudo agarrarse a una de las fisuras que se abrían entre piedra y piedra. Así fue deslizándose buena parte del trayecto hasta que se topó con una puerta de madera que estaba cerrada a cal y canto por el otro lado. Este nuevo imprevisto hizo a su organismo arrojar un par de gotas de sudor sobre la estrecha frente que adronaba una angustiada cara. Se palpó por el cuerpo compulsivamente con el fin de hallar algo que pudiera serle de utilidad en tan exasperante situación. Finalmente con la mano derecha metida en el bolsillo de la chaqueta, reconoció por el tacto un objeto esférico, de superficie más o menos irregular, con una especie de punta en uno de los extremos y de textura parecida a la madera. Casi instantáneamente tuvo lugar un fenómeno inexplicable en su cabeza, un torrente de conexiones eléctricas se desataron en sus cansadas neuronas y pareció tener la sensación de recordar algo, no se podría decir exactamente recordar, era más bien que había cambiado de lugar, sin quererlo se encontraba en otro sitio. 

martes

La Visita - Parte primera

Un repentino golpe de cierzo arremetió contra su cara haciéndole asirse con fuerza a la estructura al tiempo que sumía sus recortadas y asimétricas piernas en una incontrolable tembladera. Acto seguido un espasmo recorrió su cuerpo al sentir en sus adormecidas manos la humedad del rocío en la fría superficie a la que se encontraba parapetado. El sol, que comenzaba a alumbrar la bóveda celeste, empezó a cegarlo poco a poco, a cada momento un poco más, lo que le hizo llevarse la mano a la cara y girar la cabeza para dar tiempo a sus pupilas a adaptarse a la claridad que se hacía más fuerte por momentos. Por encima de su cabeza, un desconcertante aleteo producido por las palomas allí residentes le hizo volver en sí y preguntarse finalmente dónde se encontraba.